martes, 22 de abril de 2008

Quieren tirar abajo un palacio francés en pleno centro

Amenaza al patrimonio porteño Demoliendo hoteles

Quieren tirar abajo un palacio francés en pleno centro. Mientras el Gobierno de la Ciudad averigua si está protegido por ley, la empresa sigue con sus tareas de vaciamiento.

Fernanda Nicolini 21.04.2008 (Diario Crítica)

Salven al Metropol.

La fachada derruida de lo que fue alguna vez el elegante hotel de Bartolomé Mitre al 1600.
A la izquierda, la reproducción de la página web en la que se anuncia con cierto cinismo el derrumbe del edificio. “Extraordinaria demolición Palacio Francés”, dice y enumera sus virtudes: escalones de mármol de Carrara, puerta principal de roble y espectacular trabajo de hierro forjado.El sábado pasado un flete se estacionó frente al palacete ubicado en Mitre 1618, un grupo de hombres entró al edificio y a los pocos minutos ya habían cargado puertas, sanitarios y rejas, entre otras cosas, en la camioneta. Era parte del mobiliario del ex Hotel Metropol, construido en 1901 por el arquitecto alemán Lorenzo Siegerist y protegido por la ley 2548 de Promoción Especial del Patrimonio Arquitectónico. Curiosamente, la misma empresa encargada de vender los materiales de demolición (llamada De ayer y de siempre), a la par que anunciaba la destrucción del Metropol en su newsletter, hacía hincapié en el valor histórico del edificio: “Extraordinaria demolición de un tradicional palacete que durante un tiempo fue un lujoso hotel. Típico representativo del estilo francés, cuenta con materiales de extraordinaria calidad, donde se destacan su puerta principal de roble, su escalera de mármol de Carrara con espectacular trabajo en hierro forjado y hermosos balustres de madera, y sus delicados pisos de mosaiquín francés”. El texto completo se puede ver en http://deayerydesiempre.fribits.com/Newsletters/20080408_SP.html. Los vecinos alertaron tanto a la Comisión de Patrimonio de la Legislatura como a la Dirección de Patrimonio Cultural del Gobierno de la Ciudad, organismos que a su vez denunciaron la supuesta demolición en la Dirección General de Registro de Obras y Catastro (DGROC), la que deberá determinar en los próximos días si la anunciada demolición es ilegal –es decir, si no tiene persmiso– y, en tal caso, frenarla de inmediato. “Nos llegan muchísimas denuncias de personas que ven edificios en riesgo de demolición, lo que significa que los ciudadanos están interesados en el tema”, dice Teresa de Anchonera, presidenta de la Comisión de Patrimonio Arquitectónico de la Legislatura porteña. Entre los vecinos más activos se encuentra Santiago Pusso, miembro de la agrupación Basta de demoler. En marzo de 2007, Pusso armó una mesa en la vereda de un pequeño petit hotel ubicado en Uriburu al 1500 y se sentó a tomar el té como un gesto de repudio por la demolición del edificio. La elegante acción no logró frenar las piquetas, pero al mes siguiente la agrupación presentó un recurso de amparo para que se detuviera la destrucción de otro inmueble: el Palacio Bemberg, una casona de cuatro pisos de estilo europeo en la que vivieron la directora María Luisa Bemberg y su familia. Y esta vez lograron que un juez frenara la demolición. Según un datos de la inmobiliaria Israstzoff, entre agosto de 2005 y agosto de 2006 se tiraron abajo una docena de petits hoteles, y de acuerdo con un relevamiento de Basta de demoler, en este momento hay más de 250 edificios valiosos en peligro. “Hoy se puede demoler lo que sea excepto que esté particularmente protegido, cuando lo ideal sería una ley que establezca la regla inversa”, opina Pusso. En diciembre pasado, la Legislatura aprobó una norma de protección: la ley 2548, que determina que los 2.665 edificios representativos que ya integraban un listado del Ministerio de Cultura, más los que recibieron premios por sus fachadas y los que fueron construidos antes de 1941 e integran un área de protección histórica a lo largo de la costa del Río de la Plata, no pueden ser demolidos ni modificados sin autorización previa. La ley no es una solución definitiva sino simplemente de emergencia: caduca a fin de año. Pero se complementa con el mecanismo de catalogación previsto en el Código de Planeamiento Urbano. Cualquier vecino, organización, el dueño del inmueble o los organismos oficiales puede solicitar que un edificio sea catalogado, y un consejo de expertos determina si tiene que ser protegido o no, según los parámetros establecidos por el Código: las características arquitectónicas, la importancia del edificio en relación a otras construcciones –si forma parte, por ejemplo, de un conjunto arquitectónico– y la importancia por haber sido sede de algún hecho relevante. ¿Por qué proteger? Según el arquitecto Marcelo Magadán, especialista en conservación, preguntarse si hay que proteger o no el patrimonio arquitectónico de una ciudad es una discusión superada en casi todo el mundo: se sabe que los edificios encierran valores históricos, estéticos y de identidad de una población. “Pero por sobre todo, reportan un valor económico porque la arquitectura es uno de los principales recursos turísticos de Buenos Aires”, remarca. El avance de la urbanización no es un dato menor para este arquitecto, quien también plantea la necesidad de aclarar que proteger un edifico no implica inutilizarlo sino, por el contrario, adaptarlo a las necesidades contemporáneas. “Un buen ejemplo es el caso de las Galerías Pacífico, donde se consensuó con la Comisión Nacional de Museos y Monumentos para que no se perdiera la esencia del edificio”, dice el especialista. En el Código de Planeamiento Urbano se alienta la demolición para construir edificios en altura, por lo que el precio de ciertos terrenos estratégicamente ubicados está en constante aumento. De ahí que para los dueños de casonas y edificios antiguos, la protección sea, en apariencia, un mal negocio. Ese tema se resolvería con un mecanismo de compensación, a partir de un concepto que un proyecto de ley en la Legislatura intenta aplicar: la posibilidad de vender el FOT (el número de metros que se permite construir en un terreno) que no se usa. Esto es: si en la zona donde se encuentra la casa protegida se podría construir seis veces por encima de ella, el dueño tendría la posibilidad de venderle esa diferencia a alguna empresa que vaya a construir en otra parte de la ciudad para que, por excepción, la constructora pueda aumentar la cantidad de pisos admitidos. Precisamente es una de las compensaciones que prevén las leyes de San Pablo y Nueva York. “La idea es que la protección del patrimonio sea sustentable: nadie quiere que todo se convierta en un museo sino que empecemos a entender que un edificio antiguo es un valor económico del que los mismos propietarios pueden sacar beneficio. Nadie quiere inflexibilidad, sino medidas lógicas para todos”, concluye Anchorena.

Por favor difundir este video de la destrucción del Hotel Metropol.

http://es.youtube.com/watch?v=E-oz2CL31gE

1 comentario:

daniela dijo...

Estoy viviendo en Bahia Blanca, pero soy de Buenos Aires y veo con dolor que nos estan quitando la ciudad. Creo que el reclamo debería ser por una ley que PROHIBA demoler todo edificio de más de 80/100 años de antigüedad, directamente, ya que los tiempos para reclamos vía mail, notas con fotos, datos, etc., no son compatibles con los tiempos reales en que las empresas constructoras se mueven y demuelen obras de arte únicas...Viví toda mi vida en Callao y Corrientes, vi cómo derribaron el cine teatro Alfil, cómo han dejado que se deteriore un edificio increíble como El Molino, entre muchas otras aberraciones...¿Qué nos pasa? ¿Cómo es posible que no logremos imponer nuestra voluntad por encima de la falta de respeto y de conocimiento de los funcionarios corruptos que nos gobiernan, dispuestos a tirar por borda toda nuestra identidad y nuestra historia para profundizar la dominación? Impedir que destruyan nuestro acervo arquitectónico y artístico es un trabajo extra que no todos podemos darnos el gusto de emprender, ya que vigilar al poder es algo que lleva mucho tiempo y ellos lo saben...Es lo primero que la historia nos enseña que se hace para dominar a un pueblo: arrancarle su cultura, sus objetos de valor