viernes, 14 de septiembre de 2007

El perfil de Buenos Aires

El perfil de Buenos Aires

http://www.lanacion.com.ar/opinion/nota.asp?nota_id=940584

Por Teresa de Anchorena
Para LA NACION


Invito al lector a recorrer una cuadra de la calle Alsina, la del 400, a pocos metros de la Plaza de Mayo. Allí verá, en la esquina de Defensa, los llamados "altos de Elorriaga", viviendas y comercios, donde se superponen restos de arquitectura colonial con reformas del siglo XIX; enfrente, la farmacia La Estrella, siempre en actividad; a mitad de cuadra, con la fachada agrietada, invadida por todo tipo de malezas, la casa que fue de María Josefa Ezcurra, cuñada de Juan Manuel de Rosas, frente al siempre concurrido y bien conservado café La Puerto Rico.

En esta diversidad me parece ver resumido algo del carácter de Buenos Aires. Durante mucho tiempo, la nuestra ha sido una ciudad hermosa y maltratada, en su arquitectura tanto como en sus árboles, castigados e invictos.

El patrimonio arquitectónico de una ciudad es un bien colectivo, un conjunto de referencias históricas y culturales que enriquecen la acción del ciudadano allí donde vive y trabaja. Ese patrimonio permite entender de dónde venimos tanto como adónde queremos ir, incluso en términos de renovación y de ruptura.

Es necesario, por lo tanto, repetir que el concepto de patrimonio y su salvaguarda no se limitan a los monumentos históricos. La calidad ambiental de un barrio de casas bajas como Parque Chas, sin pretensiones de lujo, es un bien tanto como puede serlo la efervescencia económica de la "ciudad nueva" de Puerto Madero.

La aceptación de edificios altos en la avenida Juan B. Justo, por ejemplo, no supone ignorar la movilización de los vecinos de Caballito para preservar la calidad ambiental de su barrio, amenazado por la construcción de torres. Lamentablemente, el Código de Planeamiento Urbano de 1977 autoriza imprudentemente las construcciones altas en casi todos los barrios.

El Estado debe escuchar a los vecinos y proteger el derecho de aquellos que han elegido vivir en una zona de la ciudad por sus características peculiares: de lo contrario, se afecta indirectamente el derecho a la propiedad de los que han optado, por ejemplo, por un barrio de arboledas y casas bajas, si en él empiezan a construirse torres y edificios en altura sin planificación alguna.

La ciudad de Buenos Aires posee un patrimonio arquitectónico de originalidad y diversidad extraordinarias, donde se fusionan las huellas de los múltiples aportes que dieron forma a la historia de la ciudad. Esa arquitectura es un valioso elemento simbólico de nuestra identidad como ciudad y un instrumento diferenciador en un mundo cada vez más uniforme y globalizado, que hace de Buenos Aires una ciudad irrepetible.

Obras de inspiración colonial, francesa, italiana o inglesa, conviven, dialogan en su espacio urbano con obras espontáneas como en ninguna otra ciudad del mundo.

Es este carácter único el que convierte a este patrimonio en recurso económico. El turismo ha pasado a ser en años recientes un factor importantísimo en la economía nacional, no sólo en la de la ciudad. El visitante extranjero es particularmente sensible al encanto de un Buenos Aires, cuyo carácter cosmopolita, lejos de diluir una personalidad propia, la pone de relieve.

Un informe reciente de la revista Travel& Leisure confirma los estudios realizados por la comuna porteña: la arquitectura es una de las motivaciones principales del turista que llega a la ciudad de Buenos Aires, segundo destino preferido por el turismo internacional.

El patrimonio arquitectónico construido es un capital de enorme valor, como lo expresaba la Carta Europea de Patrimonio Arquitectónico, suscripta hace 32 años, "su preservación, lejos de ser un lujo para la comunidad, es una fuente de economía".

Esa preservación permite valorizar oficios artesanales, hoy amenazados de extinción. Desde el punto de vista social, la restauración debe enmarcarse también en un plan que de respuesta a la necesidad de generar nuevos empleos, por medio de la creación de Escuelas Taller, que permitan capacitar como restauradores y dotar de mayor calificación a trabajadores de la construcción.

Preservar no supone atentar contra el derecho a la propiedad. En ese sentido, hemos presentado un proyecto de ley que establece la obligatoriedad de realizar una consulta previa antes de demoler o modificar fachadas de edificios construidos con anterioridad a 1942, fecha del primer catastro.

Mecanismos similares ya se han puesto en práctica en ciudades como La Plata, Rosario y Río de Janeiro y permiten saber al vecino qué inmuebles están protegidos, y en qué grado, y cuáles no. Esta norma serviría como herramienta para facilitar el diálogo entre el Estado, los propietarios y los vecinos, para acordar la preservación de partes de inmuebles o fachadas, conservando los elementos arquitectónicos principales y a la vez pudiendo realizar construcciones nuevas.

Por otra parte, es preciso que el gobierno de la ciudad de Buenos Aires agilice los mecanismos de compensación para aquellos propietarios que puedan ver depreciada su propiedad, muchos de los cuales están vigentes, pero no se utilizan, como las desgravaciones impositivas, que pueden significar un descuento del 100% de las tasas; la implementación de créditos blandos del Banco de la Ciudad para la realización de proyectos en edificios de valor patrimonial y la transferencia de la capacidad constructiva, que prevé aplicar en otra parcela -propia o de terceros- la diferencia entre la superficie que tiene el edificio catalogado y la superficie originalmente permitida en el distrito en que se emplaza el inmueble.

Es imprescindible hacer compatible el derecho individual a la propiedad con el derecho colectivo a la preservación del patrimonio cultural.
Compete al gobierno de la ciudad dar el ejemplo cuando encara la restauración de inmuebles patrimoniales, como en el caso del Teatro Colón.

Es necesario tomar todos los recaudos para preservar los elementos patrimoniales, optando siempre que sea posible por la restauración antes que por el reemplazo (cosa que hoy, lamentablemente, no ocurre, en la medida en que se ha privilegiado la confección de nuevos y costosísimos textiles en lugar de preservar aquellos que tienen impregnados cien años de música e historia, elemento central que contribuye decisivamente a la maravillosa acústica de la sala).

Es urgente pasar de una política de preservación del patrimonio declamativa y sentimental a otra activa y concreta, en la que se definan reglas claras de preservación, se instrumenten mecanismos operativos de compensación a aquellos que se vean afectados, y se planifique. Así podrán convivir las edificaciones antiguas con las contemporáneas, y estas últimas, antes que ir en detrimento de la arquitectura valiosa existente, representarán un aporte que se suma, para conformar el patrimonio arquitectónico de las generaciones venideras.

Ciudadanos, empresarios y Estado, todos debemos asumir, ya mismo, nuestras respectivas responsabilidades.

La autora es presidenta de la Comisión de Patrimonio Arquitectónico y Paisajístico de la Legislatura de la ciudad de Buenos Aires.